Serie nueva
Parte Primera: “Et tu, ¿Artemio?”
El veintiuno de Febrero estaba vaticinado a ser un día soleado, seco y no necesariamente sofocante. The weather Chanel y la columna del clima del Gráfico estaban de acuerdo, y desde el lunes los diferentes noticieros de radio y televisión parloteaban de la estabilización del clima en la ciudad de México. Eran las tres y cuarto de la madrugada de aquel miércoles y tanto la sábana como la colcha yacían en el suelo, en la ventana las gotillas de lluvia hacían formas y caminos que se unían formando un pequeño río que finalmente desembocaba en el borde del alfeizar. Agustín estaba recostado viendo el techo de su habitación grisácea, alguna vez quiso pintarlo de azul, de verde, de blanco, de lo que fuera menos ese tono que le hacía pensar que dormía en un cubículo de oficina. Traía el pants que en año nuevo había comprado para ir a correr y que ahora se le antojaba el mejor pijama que había tenido, estaba despierto, alerta, exhausto, harto y sudoroso, afuera se estaba a 10 grados “a la sombra”.
El reloj de manecillas en su buró marcaba las cuatro y ocho minutos, nunca había estado a la hora pero le gustaba el sonido que hacía y según su mujer “hacía buena combinación con los muebles”, la silla y el buró se sintieron alagados de ser llamados muebles con tal tono de decorador. Como quien piensa mucho y duerme poco, Agustín barrera no acostumbraba dormir lo que se dice toda la noche, pero aquella estaba resultando ser una noche de la chingada, y con esas palabras la nombraba cada que miraba los segundos pasar en el reloj, cuando el tres y el seis estaban marcados maldijo la hora en que había pagado el teléfono, cuando el tres y nueve, maldijo la hora en que había comprado la contestadora, y para cuando las manecillas estaban en el tres y el ocho, maldijo el reloj que ahora además de ir a destiempo parecía ir al revés.
Agustín tenía un bigote de burócrata, una papada de burócrata y una panza de burócrata, pero ya no era burócrata, de su trabajo de novena lo habían corrido hacía años, pero ese aspecto le venía tan ad hoc a su personalidad interior que no había tenido los deseos ni los medios para cambiarlo. Fregaba ahora el copete contra su frente pegajosa y sentía la leve angustia del insomnio apoderándose de él. Estaba tan cansado que no podía dormir y eso siempre es molesto, pero más molesto estaba por ese mensaje en la máquina contestadora, la voz gangosa de del Prado, el mensaje por sí mismo era un insulto a una amistad calada y garantizada, era un escupitajo baboso y verdoso en la cara como para además agregar aquel tonito de “te chingué, y lo disfruté al máximo”. El puesto prometido a él y la sociedad prometida con Artemio parecían cosas de hace minutos, y de eso hacían meses en la realidad. Ahora Artemio había sido ascendido al puesto ejecutivo que Agustín había deseado, sudado y pagado por adelantado, ese piquete calaba, pero le requemaba la furia de ese mensaje en el que Artemio hacía gala de su otra cara bien guardada, el mensaje de cuarenta segundos era sencillo y simple, decía que lamentaba que fuera él, Artemio, el que había sido promovido a la dirección, pero que hacía había decidido el dueño y no quedaba remedio, además decía que había recorte y que le tocaba a él, “Sin resentimientos, ¿verdad compadre?”.
A Agustín le costó trabajo digerir todo lo que acababa de escuchar por la bocina, escuchó el mensaje de nuevo y aún no lo creía. Esa tarde habían promovido a su valedor de la oficina y él ya celebraba algún puesto inventado o algún privilegio, pero no. Artemio ahora festejaba con los subdirectores haberse deshecho de un viejo huevón como Agustín mientras el último recostado en su cama deseaba lo peor a ese mal amigo. Al día siguiente empezaba su vida de desempleado y no lo podía creer.
